Comparto, luego existo.

Desde que somos niños tenemos el instinto y la necesidad de mostrarnos a nosotros mismos. Enseñamos nuestros dibujos a nuestros padres, hacemos bromas buscando una sonrisa, un reconocimiento. Presumimos de cuerpos, de éxitos académicos, de logros deportivos, de colección de películas.

La psicología nos dice que somos seres sociales, y necesitamos relacionarnos y compararnos con los demás para delimitar nuestra propia identidad… ¿acaso no pasas gran parte de tu vida compartiendo tus experiencias y relaciones personales?

Y, curiosamente y a pesar de que todos somos todos tremendamente semejantes, nuestra natural lucha para encontrar un sentido a nuestra vida nos hace tender a la competición y a la singularización de nuestro “yo”.

Nos asociamos muy pronto con gustos, colores, equipos deportivos.

Nos encanta categorizarnos, polarizar nuestras filias y nuestras fobias. Nos atrae compararnos, cuantificar nuestros gustos en un ranking:  las cien mejores canciones de a la historia de la música, las diez zonas erógenas más excitantes, los cinco lugares imprescindibles para visitar antes de morir.

No es una cuestión simplemente de vanidad o necesidad de aprobación. Compartir y cuantificar nuestra experiencia con los demás activa en nosotros las mismas zonas cerebrales asociadas al placer del sexo o la alimentación.

Las redes sociales han potenciado hasta el extremo esta característica humana, hasta fundirse en nuestros instintos. Son masivas, rápidas, instantáneas, y permiten que los demás refuercen rápidamente lo que compartimos con un buen número de «me gustas» o comentarios. Todo ello, además, bajo la protección física de una pantalla luminosa muy bien diseñada para estimular la dopamina de nuestro cerebro (y por tanto, para crearnos sensación de placer y gratificación al hacerlo).

En las redes, compartimos lo que nos importa para mostrar lo que creemos que somos.

Damos sin tapujos nuestra intimidad -o la de nuestros hijos- para obtener empatía de vuelta, y nos sentimos menos solos. Llamamos la atención con nuestras opiniones para reunir adeptos a nuestra forma de pensar. Nos sentimos más involucrados en los problemas del mundo, apoyando una causa justa a través de un clic, sin pensar ni profundizar en ella. Y además, parece que tenemos más éxito social, rápido y fácil.

Todo esto es un tentador, profundo y masivo reforzador del ego. Y, por otra parte, una fuente de estrés y vulnerabilidad cuando las cosas no salen bien, o no se obtiene el seguimiento que se persigue. Todos conocemos los casos de famosas influencer que de forma repentina han caído en la depresión o incluso en intentos de suicidio.

No es de extrañar la importante dependencia que generan las redes sociales a muchos de sus usuarios: inciden en una necesidad esencial del ser humano y están muy bien diseñadas para estimular una respuesta de dependencia en nuestras mentes. Algo especialmente importante para los niños y los jóvenes, cuyo cerebro se encuentra aún en desarrollo: ellos pueden pasar más de cuatro o cinco horas conectados a sus redes, con el consecuente refuerzo de los patrones cerebrales asociados a la falta de concentración y la respuesta de estrés y dependencia.

En 1958, el psicoanalista Jacques Lacan acuñó el término «extimidad» como la parte pública de nuestra «intimidad», es decir, aquella intimidad que es expuesta a los demás bajo nuestro control. Hoy, sesenta años después, las redes sociales parecen la frontera entre ambas: muchas personas han perdido el control de la intimidad que exponen al mundo a través de las redes sociales.

Y tú, ¿controlas tu extimidad? ¿controlan tus hijos la suya?

No nos olvidamos del ranking:

6 razones por las que algunos se exhiben en las redes sociales:

  • La timidez desaparece. Cuesta mucho menos mostrarnos a los demás, porque nos protegemos físicamente en el momento de hacerlo detrás de nuestra pantalla.
  • Nos sentimos importantes. Es muy fácil obtener refuerzo positivo, y nos ayuda a reforzar nuestro ego, definir nuestra identidad y asociarnos con las etiquetas que deseamos.
  • Nos sentimos menos solos. Y lo contamos por el número de “me gustas” o “retweets”.
  • Nos engancha. Las redes sociales están diseñadas para facilitar enormemente la respuesta de dependencia en nuestros cerebros, por generación de dopamina.
  • Deleita nuestra ansia de comparación. Podemos cotillear lo que han hecho nuestros amigos sin que se den cuenta, teniendo en cuenta que ellos también comparten su intimidad.
  • Seguimos modelos de otros. Especialmente en los jóvenes, los nuevos modelos de influencers e instagramers crean una percepción artificial de éxito muy atractiva para las nuevas generaciones.